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COMO PEZ FUERA DEL AGUA

Pesacado (Del Ifa. Piscatus.) m. Pez comestible sacado del agua por cualquiera de los procedimientos de pesca. 2. En algunas partes, pez, pescado de río. 3. Abadejo salado. 4. V. co´a, comida, día, espina de pescado.

El hombre astuto, sagaz e industrioso, como el peje, pez, animal vertebrado acuático, puede ser también cola, comida, espina de pescado. El pez –ángel, araña, diablo, escorpina1-, vive el riesgo, la certeza de caer. Sobre la pared, entonces, la proyección de sus fantasmas, sueños y desvelos. Encima de la cama, centro de la pecera-habitación (lugar de seguridad, confianza, amor), aparece –con fuerza e intensidad extraordinaria-, la imagen impetuosa, terrible violenta, omnipresente del sentimiento desbordado, del alma desnuda: Madre, santa, bruja, crucifijo, altar de los sueños, guardián y espejo de ángeles y demonios, ojos de pescado abiertos al corazón del mundo, al abismo del destino.
El exorcismo de lo terrible, -del dolor, de los dilemas, avatares y angustias que afectan la existencia, la agudeza de sensaciones y sentimientos en el andar cotidiano-; no encuentra otro camino, otra salida que el mar extenso, vasto, infinito de la creación. El gesto no requiere de interpretaciones, argumentos o lecturas. Unicamente trazos, líneas y manchas de color sobre el papel o el lienzo; imágenes por siempre tras los ojos del artista que responden a un impulso tan inevitable e impredecible como inexplicable. Jorge Perugorría crea, así, una peculiar iconografía donde motivos, símbolos, alegorías y figuras se entretejen mágicamente en una danza de ideas, historias, colores, anécdotas, formas, realidades y sueños de riqueza y valores, trascendentales, sorprendentes.
Desde el moderno afán de recuperación de símbolos, procedimientos y sentidos primigenios, de expresiones generadas por antiguas civilizaciones, las obras parecen formar parte de esa intermitencia entre lo abstracto y lo figurativo, de esa noción de ritual que aparece con fuerza entre los jóvenes pintores expresionistas y es retomada por el arte de los años 80 o de propuestas donde el signo indicador es fundamento de señales o huellas que refieren continuamente una causa particular2, un dato, un hecho, un pensamiento, marcas que dejan las exigencias de la vida diaria o el devenir emocional, que delatan la importancia de lo autobiográfico o de lo anecdótico desde el entorno cotidiano.
En medio de este intrincado laberinto, sobresale la imagen del pescado, del pez fuera del agua. No seres, silenciosos resignados que acostumbran a callar, es el pescado, herido, atrapado, retorcido en la arena circular, en plena acción, pelea y duelo paroxístico. Un modo de gritar, de vociferar lágrimas, obsesiones, preocupaciones, desilusiones, de denunciar apariencias, falsedades, la aparente felicidad tras una máscara de números. El grito de Munich asoma entre rostros deformados, calaveras, senderos espinosos, la maldita circunstancia del agua por todas partes, anhelos, añoranzas, flechas que atraviesan serpientes, orishas vigilantes, el humor y el sexo como elementos de orden primordial: El pescao-rana, el pescao con gafas, el pescao-matemático, el pescao-araña dirigen insistentes sus cabezas hacia una especie de centro, agujero, vagina, origen del mundo, siguiendo esa recurrencia erótica propia de la cultura nacional, acentuando el carácter vernáculo y popular de su lenguaje expresivo. Lo animal y lo humano entrecruzados, imbricados, confundidos, yuxtapuestos, cola, cabeza, esqueleto, pedazos que se trasmutan en rostros, brazos y partes del cuerpo, reafirmando la imagen fragmentada, mutilada del hombre.
El pez, salvo raras excepciones, tiene la piel cubierta de escamas, disfruta comodidades, conveniencias, pasea tranquilo creyendo que ha ganado el juego. Pero el mar se ha extinguido y pocas peceras-lugares quedan para respirar. Tal vez, la entrega del artista signifique reconocer que nadie escapa a la adversidad, al peligro, a la sequedad, a la aridez de los tiempos. También, entonces, signifique una alerta lúcida ante la pérdida amenazante del refugio que nos queda, de la magia, del espíritu, de los sentimientos, del amor y la amistad como único puente hacia el océano anhelado, como única manera de sobrevivir fuera del agua.
Wendy Navarro Fernández
Crítica de Artes Plásticas
Barcelona, Mayo 2001