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DEL VACÍO (13 proposiciones) / Reinaldo Montero

Dejemos a un lado al conocido actor que es Jorge Perugorría, también a la buena persona que es Pichi, y que tanto actor reconocido como persona buena en cualquier sentido de la palabra bueno, pasen a ser lo que Clement Greenberg llamó «ingredientes extra-artísticos». Quedémonos, sin más, con el pintor y el escultor, con lo que el artista expone, quiero decir, con lo que Gorría es.

Miro como en una ráfaga la obra de Gorría, y lo primero que me asalta es lo nada meticulosa, lo tan «sin miedo», y a la segunda mirada, noto cómo aborrece permanecer en lo dado, o más bien en lo obtenido, o sea, lo tan «sin tacha». Y ser artista con pundonor y valentía, incluso temeridad, no será condición suficiente, sí sé que es mucho más que necesaria, diría que imprescindible, porque de lo que se trata es del arte.

También, si se trata de arte, y de arte se trata, la coherencia tiene de por si un valor, pero jamás puede ser fruto, como suele aseverarse, de la unidad de sentido, de la armonía entre materia y forma, potencia y acto, realidad y deseo, o cosas por el estilo. La verdadera coherencia sobreviene cuando armonizan el capricho y la ley. No sé si estas notas logren tal hazaña, si sé que en este tipo de lides Gorría es un maestro, y seguro que no lo sabe.

Al espectador ideal de estas obras lo imagino adicto a la sorpresa, por tanto entra a la galería algo escéptico, porque harta el bombardeo visual tan previsible como continuo, y de inmediato descubre, como al descuido, imágenes dentro de las imágenes. Y claro que este espectador ideal no tratará de dar con la realidad que las ha originado, la presunta realidad pudo ser réplica de otras imágenes contenidas en más imágenes aún, o puede no estar en parte alguna. Para ver en el adentro de lo puesto ante sus ojos, al espectador ideal de Gorría le basta con ver y ver.

Según Valery, lo nuevo es la respuesta a una necesidad antigua. Cabe pensar que algo tan añejo como un cuadrado o una figura cúbica, esos simples dictados de la geometría, son la inveterada necesidad que Gorría convoca para distanciarse él mismo del Gorría anterior. La consecuencia es una ganancia, al punto que estas figuras abstractas, no parecen abstracciones, sino tan reales como real es una casa, una isla, un muro llamado Malecón, un pecho.

Algo permanece del antiguo Gorría en el actual Garría, y es lo seriado, la ordenada sucesión de movimientos, llamémosle formas, y estamos en una tesitura donde la forma cuenta. ¿Qué hay con esa obsesión de Gorría? San Ignacio de Loyola lo explica. Según Loyola, la repetición de ritos y preceptos, ese ritornelo obsesivo de la forma que ocurre en los actos religiosos, va creando el vacío que un contenido, Dios por caso, ocupará en algún momento esperado, en algún momento a esperar. No por gusto el eco siempre tiene la razón. Tramposos de por si, los elementos repetidos van tras algo que no acaba de revelarse, que está llegando, que ahí mismo estará. Si esto es así, que así es, podemos dar un paso más allá de Loyola, decir que el vacío mismo, símbolo de la espera, ya es de por sí presencia, presencia tal vez de Dios. Y cabe dar incluso otro paso más allá de mí mismo, y asegurar que la obsesión de Gorría por lo seriado en estas piezas es garante de la presencia no en cierne, sino que ya está, y que por comodidad podemos seguir llamando Dios, o el rostro de Dios, o algo por el estilo.

Un artistas de hoy, como Gorría, nace en una cultura difusa, muy mundial, muy compartida, hija de un mal mundo mal distribuido, como quien dijera camino vecinal después de demasiada lluvia, y da pasos enlodados con el apoyo de una tradición poco definible, hecha a trancos, poco conocida y demasiado olvidada, como quien dice bastón endeble. La consecuencia es una obra que procura los dobleces y las blanduras de la novedad y a la vez la fuerza y la firmeza que no hay en parte alguna, obra que es deudora del reposo, de la detención y se afana en el movimiento, en el sentirse transcurso, como le ocurre al caminante, o al camino mismo si la lluvia no cesa.

Gorría está sobre los hombros de Dubuffet, que se ha parado en los hombros del graffiti. Gorría da la espalda a las banderas y dianas, las de Jasper Johns, no hablo de otras. Gorría es un atacador, un oficiante del pugilato, está por tanto en el mimo bando de Malévich, en consecuencia desdeña la virtud defensiva de Reinhardt. Gorría gira en torno Willem de Kooning, aquel rey del arte, según ese manifiesto de la Escuela de Nueva York que es el artículo The American Action Painters de Rosenberg. Gorría es vasallo levantisco de Rauschenberg, aquel rey, rey en verdad absoluto. Gorría, cuyos ojos han visto bastante, y cuyo intelecto no es inocente, es decir, no está lastrado por la alimentación excesiva del músculo y por el desuso de la materia gris, puede que ignore o haya olvidado todo esto.

Si esta pintura convoca el espacio, las esculturas parecen convocar el tiempo, un tempo de destrucción, parece, un tiempo ingrávido, de opacidad, al menos de falsa transparencia, parece. Y estos planos y espacios agredidos, indecisos entre el hacia adentro y el hacia fuera, hace que la luz refractada nos engañe a su gusto. ¿Será una paráfrasis de la arquitectura? No lo sé. ¿Y de la sociedad? No lo sé. Solo sospecho que aquí no hay sociedad explicitada, pero la hay. Ni hay racionalidad expresa, pero la hay. Estos Gorrías son piezas silenciosas que algazaran, que nos remiten a una dimensión temporal, d’un tempo agitato, el nuestro, propenso al olvido de la razón, a la miserable falta de criterio, o eso quiero entender.

¿Pero qué significa entender, qué significa significar?, ¿para qué sirve? La obra de arte después de supuestamente entendida, mal que bien interpretada y estrictamente catalogada, queda como al principio, lista para que los conocedores hagan de nuevo otro camino idéntico y distinto. Lo que de verdad cuenta, según Steinberg, es la apelación que la imagen hace al entendimiento, su modo particular de confrontarse con la imaginación del que viere. Quedémonos sin movernos, observando Gorrías, imaginando, y nada más, que eso ya es demasiado.

Un bebé no entiende por qué el golpe de aire en el breve encuentro de la lengua y el paladar, produce un sonido, menos aún entiende la secreta tensión de su laringe para lograr el ruidito de marras. El bebé sí ha constatado que se trata de una acción, por decirlo pronto, divertida, entretenida, que llama la atención, y al parecer complace a las enormes caras que se le enciman, incluso llega a lograr en algunas lo que los franceses llaman succès d’estime, y en otras lo que los mismos franceses llaman succès de scandale. Durante el resto de su vida, el dulce bebé, que llegará a viejo cagalitroso, se la pasará procurando variaciones para diversificar la añeja hazaña de lengua, paladar y laringe. Ahora bien, si esto ocurre en cualquier individuo, podemos suponer lo qué pasa en un artista, lo que espera de las caras que se encimen a sus obras, a las acciones divertidas, también entretenidas, que Gorría, por poner un ejemplo, expone.

Para alguna crítica, la idea de progreso es una especie de teleología, o tecnología del destino, que atañe al tratamiento de la forma, ya se trate de una pieza planimétrica o volumétrica, cuando de lo que se trata es de la belleza, la gran vapuleada. Había una vez, en una época remota, que cabía distinguir lo bello de lo sublime. Algunos artistas se dedicaban solo a lo bello, porque las salpicaduras de mierda que exige lo sublime les daba repeluz, según precisa más o menos Schlegel. De un tiempo a esta parte, no solo se han abandonado las sublimidades y las bellezas, se ha dejado incluso de hacer arte para producir puro exhibicionismo, algo así como acontecimientos que prefieren la hipérbole a la metáfora, el humor a la ironía, y cuyo subproducto son piezas hijas del desdén y la procacidad que a nadie importan, ni siquiera a los artistas que las cometen. Hoy en día, luego del derrumbe, incluyo varios muros, entre otros el que dividía el arte y la vida, la tierra se ha vuelto demasiado plana, demasiado igual a sí misma. Y se sabe, la mirada ha cambiado, pero dos siglos de sistemática disociación del arte no han acabado con las ganas de seguir viendo obras. Y he aquí unas huellas, o trazos con pequeñas manchas o astillas vidriosas, que retienen la mirada y nos recuerda que lo más importante no es solo la obra, menos aún lo que evidencia, sino los matices que contienen, que nutren nuestra imaginación, de nuevo viene a cuento esa vieja al borde de la tumba. No quiero decir que Gorría sea el salvador del reino. Quiero decir que Gorría es uno de los justos, y no entrará nunca en la Arcadia de Documenta.

En el arte de Gorría ha ocurrido un cambio, tal vez una metamorfosis. Pero una metamorfosis es ante todo morfosis, composición, ordenamiento. Las dimensiones y el convocar de manera obsesiva un elemento puro, tal vez fundan las bases de ese nuevo orden, donde me gustaría ver, una vez más, lo que Lezama llamaba «un gesto naciente», algo que convoca el después, la próxima exposición de Gorría.

 

Caridad Blanco de la Cruz
3 de diciembre de 2007

La pintura de Jorge Perugorría, es como un diario, recoge su perfil, ilustra esa humanidad en la que los medios no están interesados, y está guardada dentro del actor que ha ido vistiéndose de personajes de la más diversa índole. Ese relator lo fotografía, va describiendo su época, nos deja ver su retrato de familia, y la persona que él es aparece en sus detalles: afectos, añoranzas, certezas, dudas, pasiones, fobias. El mismo diario, en sus muchas páginas, explica también los nexos que él sostiene con diferentes segmentos de una cultura popular que rebasa esta ínsula, da cuenta de su ir y venir, y perpetúa las huellas del dialogo con ciertas tradiciones, ante las que asume respetuosa y abiertamente, la naturaleza diversa e híbrida de lo sagrado. El diario, del mismo modo que inscribe las interioridades de su vida: un instante apocalíptico con sus hijos, el paseo constante por la abstracción, la invocación a la Caridad del Cobre para que le asista, inventaría también, y cada vez con mayor pujanza lo relativo al ciudadano, al hombre negado a sumarse al silencio, al inmovilismo. Desde esa postura, y en un reclamo sin duda movilizador es que nace la estructura que sostiene una muestra de la índole de Vacíos.

En primer término, como exhibición, Vacíos difiere del resto de los proyectos que Jorge Perugorría se había propuesto; diferencia que está en la naturaleza de las ideas comprometidas en su concepción, en el modo de materializar las obras, los destinatarios del mensaje y el modo en que se quiere establecer una relación con ellos. Sobre la muestra, Jorge me había confesado que era algo bien personal que se tenía prometido a si mismo: “Todo lo figurativo que hay en esta exposición son peceras -dijo para luego preguntarme- “¿Dónde exhibimos los peces?. En peceras. ¿Dónde el hombre atrapa y hace prisionero a un pez?”. Justo en este punto, tras llegar a esa declaración es que comienzan comprenderse algunas inorgánicas inserciones, como esa relegada sumatoria de viñetas recuperadas en su prístino sentido, restituidas a su lugar correspondiente dentro de un relato, que sólo ahora desborda lo privado para insertarse en la urgencia del reclamo público en que Perugorría convierte todas las inquietudes que Vacíos expone.

Querrá acaso tan sólo aludir a esa noción relacionada con el universo del budismo Zenu otra corriente filosófica? Será, que el artista llama la atención sobre las miserias espirituales de nuestra época; menciona la falta de afecto hacia el prójimo, la huida del humanismo de nuestras sociedades, habla de la ausencia de fe, de compromiso, o señala la corriente que nos conduce inevitablemente hacia lo inerte?. Son múltiples las preguntas, pero seguramente las respuestas van a resultar abrumadoras.

Desafiando nuestras conjeturas está en la galería Asamblea Nacional, nuestra isla construida en toda su extensión con peceras, incluyendo su más prominente zona montañosa. La instalación escultórica es el resultado de la acumulación de formas cúbicas que exhiben su elaboración artesanal. Los límites metálicos de cada pecera están marcados por la corrosión propia del enfrentamiento con el salitre. Las paredes de cristal, esos límites, son parte de un juego, de una rigurosa ejercitación. El vidrio puede dejarse atravesar por las miradas en sus muchos cotos, en sus muchas orillas y mostrarte los destellos como fiesta.

Este es un juego donde se aprende, aunque tal vez los guiños luminosos puedan obnubilar y hasta confundir. Estamos siendo conminados a participar, por eso en el fondo de cada pecera hay un espejo. Acercarse te hace tomar conciencia de que estas completando su sentido. Verte reflejado es un modo más de saber donde estas, y se quiera o no como en la vida, se es parte de esa reunión a que convoca nuestro tiempo

Una construcción de esta magnitud, relega a un segundo plano al resto de la obras de la exposición, pinturas todas de gran formato (La cuarta pared, Vista de La ciudad desde mi Taca-Taca, Atardecer en Santa Fe y Aguacero en venganza, entre algunas de ellas), y no es que se les minimice, sino que esta vez se desempeñan cual paisajes completando una concepción de orientación escenográfica de esa estructura, que es al final esa composición, esa insólita isla de Perugorría, con cuya esencia todos los cubanos vivimos obsesionados, en tanto los artistas a cada paso la reinventan, encontrando un nuevo modo de contárnosla, como ahora ha sucedido.

Jorge Perugorría, al intervenir con su desenfado habitual en el territorio de las artes visuales, focaliza en su gesto libertario al vacío como fenómeno universal y remite a circunstancias que, pese a trascendernos como nación, hablan a un tiempo del mundo y de nosotros, que nunca hemos dejado de pertenecer a él, aún con nuestras singulares encrucijadas. Hay que resistirse al vaciamiento, a la homogenización, a la parálisis. Pasarlo por alto sería como ver con indiferencia la carrera de un adolescente hacia el suicidio y que no hayamos hecho, una y otra vez lo imposible, para conseguir detenerlo.